Parte de mis desafíos para el año 2025 era subir una tríada de volcanes.
Quería hacerlo acompañada por amigos, pero pasaron cosas: olvidé pedir la fecha exacta de mis vacaciones y, supongo, a ellos también se les presentaron algunos imprevistos, así que no podían apañan a esta travesía .
Modifiqué el plan.
Las actividades serían en “solitario”, ya no con esos amigos.
Elegí el volcán que más me inspiraba y, al mismo tiempo, más me desafiaba.
Comencé con actividades guiadas por kinesiólogos.
Ellos saben —y saben bien— las potencialidades de cada cuerpo.
Un entrenamiento compasivo.
¡Qué término más potente!
La semana anterior al Lanín fui al volcán Callaqui, solo para probarme.
Hermoso, pero desafiante también.
Mis conclusiones surgían en la oscuridad:
“Tal vez no estaba tan preparada.
Tal vez este no es el año para subir el Lanín.
Tal vez necesito prepararme más.”
Busqué otra actividad más tranquila, con más naturaleza, con araucarias.
Pero al comprar los pasajes, la página se caía una y otra vez.
¡Error 500!
Lo intenté muchas veces. Envié correos. No funcionó.
Decidí que descansaría en casa.
Ya había intentado, no dependía solo de mí.
Buscaría algo más cerca, solo con mi propio desplazamiento.
Hasta que una noche soñé con un amigo, aunque en otro cuerpo.
-Raro y chistoso, como suelen ser los sueños-
Me decía:
“¿Por qué piensas que ese volcán no es para ti?
Se descansa un poco y luego se continúa.
No todo se hace de un solo tirón.”
Al despertar, lo intenté
Y, aunque la página volvió a caerse, al tercer intento se concretó.
Ya estaba embarcada.
Había algo en mí que se movía, que me llamaba.
Había alegría y ansiedad.
Nunca había subido a esa altitud ni enfrentado tal inclinación.
Estaba ¡tranquila nerviosa!, como se dice en la familia.
En el camino dormí.Descansé.
Y al amanecer emprendimos la marcha junto a mi guía, Irma.
Medía cinco centímetros menos que yo —agradecí que su zancada fuera similar—,
aunque en resistencia me dejaba atrás con facilidad.
Nuestras mochilas cargaban el saco de dormir, la colchoneta, parte de la comida, snacks y agua.
Hasta la mini coca-cola de 250 cc parecía de plomo.
Avanzábamos sobre ese escorial interminable, donde algunas rocas —grande o pequeña— se movían bajo nuestros pasos, haciendo tambalear nuestro equilibrio.
No sé cuándo empezó el viento.
Solo sé que se hizo cada vez más fuerte.
A los 2000 msnm, Irma decidió que ese sería nuestro lugar de campamento.
Intentábamos armar la carpa contra viento y marea —bueno, sin marea, solo viento—, cuidando que nada saliera volando.
Al atardecer, salía de la carpa por breves minutos: el frío cortaba la contemplación.
Y aun así… ¡qué imágenes! La sombra del volcán, los colores del cielo, la carpa amarilla fundida con el paisaje.
Quise vaciar mi mente para guardar toda esa belleza.
Tallarines gluten free con salsa de tomate, té y galletas de almendra con mantequilla de frutos secos, frente al atardecer.
Qué cosa más buena.
El viento siguió golpeando durante la noche.
Recordé el campamento en el Sollipulli, cuando una ráfaga rompió una carpa.
Entonces éramos muchos, nos redistribuimos.
Pero ahora solo estábamos Irma y yo.
No saldría volando como en la película Up —a lo mucho, quedaría envuelta en la carpa— mi mente reía ante esta imagen.
Según la aplicación de Irma, el viento corría a 25 km/h+ ráfagas: firme, pero no con furia.Entre sueños y despertares, le pedía al volcán que me dejara conocerlo.
Retrasamos la salida hasta cuando el viento amainó a las 3 am
salimos con las linternas a continuar sobre el escorial.
A veces daba un paso y retrocedía tres.
Me caí dos veces.Y me levanté.
Sentí el golpe sobre las piedras en mi mano —¡caray ! ¡la vida misma!—.
El amanecer trajo vistas maravillosas.Recordé parte de una canción:
“¿Qué es el ser humano, que de él haces memoria?”
El horizonte y la sombra del volcán me hablaban de majestuosidad.
Subíamos.
¡Carayes y más carayes!
Agitación, ansiedad, calma.
Y los pensamientos que visitan cuando el cuerpo se fatiga:
“Tal vez no estaba tan preparada.
Tal vez tomé vacaciones muy abruptas.
Tal vez no me alimenté bien.
Tal vez ya no tengo la edad para esto.”
Miraba a los argentinos —altos, esbeltos, y muy lindos, por cierto— que ya bajaban de regreso.
Y respiraba.
Recordé a mis primeros guías y a mi profesor de escalada:
"¡un respiro y vamos!“ " ¡Buenos pies, Jael!”- mientras tomaba agua-
Recibí mensajes de mi mamá, mi cheerleader:
“¡Vamos, vamos, tú puedes!”
Y vinieron recuerdos:
Yo, niña, corriendo por los cerros.
Mi abuelo paterno, caminando grandes distancias, primero por necesidad, luego por gusto.
sonaba en mi mente una parte de su canción " también me dijo un arriero, que no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar"
Respiraba, observando mis pensamientos.
Le hablaba a mis células, a mis mitocondrias:
“¡Vamos, chiquillas, vamos!”
Comí un camión de calorías.
El cuerpo necesitaba combustible.
Pero el cansancio seguía, y por primera vez pensé:
“¿Y si esta es mi cumbre? ¿Y si este lugar —y no la cima— es mi cima?”
Vi a Irma mirarme, mirar la cumbre, y decir:
“Jael, ahí está la cumbre.”
En esa rendición recordé a los campesinos de antaño que me habían dicho:
“A la vuelta de la loma está el río.”
Fue la vuelta de loma más larga de mi vida.
Les dije después: “Su definición de tiempo y espacio sin duda es distinta a la mía.”
Me invadieron cansancio y frustración, y las lágrimas se mezclaron con ambas sensaciones.
La cumbre parecía tan cerca y tan lejos.
“Jael, no te miento”, dijo Irma.
y Seguí.
Levantaba una pierna, luego la otra, en esa escalera infinita de hielo.
El sonido del crampón.
El sol tibio que atravesaba mi cuerpo
El olor a perfume que se disipaba en mi bandana.
Y, de repente, apareció.
Ahí estaba.
Estábamos ahí.
Habíamos llegado a la cumbre a las 13:05.
La cumbre.
¡Cuánta inmensidad!
¡Cuánta belleza!
El cuerpo se llenó de vigor.
Agradecida por estar ahí, por contemplar, por respirar, por sentir.
Eres nada, Jael, frente a la totalidad de esta alma universal…
pero eres necesaria en los campos donde interactúas.
Miraba a lo lejos las araucarias, esos árboles milenarios que sobreviven a todas las estaciones.
Si sigo la cronología bíblica, estaban antes de la época de Jesús.
Tocaba volver.
Y cuando vi el desnivel recorrido, no podía creerlo.
Bajábamos, bajábamos, bajábamos y seguíamos bajando
“La mejor cumbre no es la cima,
sino regresar sana a casa.”
Y así fue.
Gratitud.
Por cada aspecto vivido.
Al gran espíritu.
A la vida.
A mis linajes.
A Alma.
A mis cuerpos.
A cada Jael que soy
A todos los involucrados
Gracias. Gracias. Gracias.
Lo que me deja el Volcán Lanin
© Lecturas Akáshicas - Jael Cabrera 2026.